lunes, 26 de septiembre de 2011

SENTIDOS Y CONTRASENTIDOS DE LA SEXUALIDAD FEMENINA (Lilibeth Acevedo, 2010)

El ritmo de la sexualidad del hombre y la mujer no coincide

Beauvoir

La pasividad que caracteriza a la mujer es un rasgo que se desarrolla desde los primeros años, pero es falso creer que depende de su biología, en realidad se trata de un destino que le ha sido impuesto por sus educadoras y por la sociedad.

Una de las maldiciones que pesan sobre la mujer consiste en que durante su infancia está abandonada en manos de mujeres, educada por madres, abuelas, tías, madrinas, nodrizas y matronas que le eligen los libros, los juegos, le enseñan la prudencia, a cocinar, a coser, a cuidar la casa, a sonreír y a llamar la atención del otro.

En vista de que las actividades de la madre, son asequibles a la niña, ésta vive rodeada de utensilios de costura y decoración, puede participar en la preparación de los alimentos, ayuda en el cuidado de los adornos y los muebles de la casa; en consecuencia dice Beauvoir (1949), aprende que es preciso obedecer al fuego, al agua, esperar que se funda el azúcar, que la masa fermente, que la ropa se seque y maduren los frutos de manera que la cocina y los quehaceres del hogar le enseñan también paciencia y pasividad.

En cambio, la vida del padre está rodeada de un misterioso prestigio, el padre se ausenta del hogar y de sus actividades nada se conoce, sólo que provee los alimentos y el dinero para la manutención del hogar, la esposa y los hijos; cuando él entra en casa se acallan las voces gozosas, las mujeres de la familia adoptan ese aire aburrido y decente que el espera de ellas, todo debe estar limpio y organizado, la cena servida y caliente. Debido a que la madre también reviste al niño del prestigio masculino, ésta no se siente apta para participar en los juegos infantiles de su hijo.

Los juguetes tienen una importancia significativa en el desarrollo de la posterior personalidad femenina, mientras que a los niños se les ofrecen juegos que despliegan su creatividad, su inventiva, su pensamiento lógico, los hacen libres para descubrir el mundo, para explorar; a la niña en cambio se le da una muñeca.

La muñeca es una cosa pasiva que representa los genitales de la niña y el cuerpo en su totalidad; el niño tiene un pene, con el que juega, compite, el cual muestra, tiene vida propia; la niña mima a su muñeca y la adorna como sueña que la mimen y adornen a ella; el pene del niño es él y no es él a la vez; la niña se sentirá animada a alienarse en su persona, a considerarse inerte, mientras el niño se busca en el pene en tanto que sujeto autónomo y cuando se hace hombre exalta el falo en la medida en que lo toma como trascendencia y actividad, como modo de apropiación de lo otro.

Adler considera que es la valoración efectuada por los padres y el entorno lo que le da al muchacho el prestigio del cual el pene se hace explicación y símbolo por el contario nadie hace reverencia ni ternura por los genitales de la niña; el pene del niño es objeto de bromas, chanzas y apodos, pero la vagina no tiene vida, no se nombra, plantea Beauvoir (1949) que es misteriosa hasta para la mujer misma, está escondida, atormentada, mucosa, húmeda, sangra todos los meses y a veces está manchada de humores. Tiene una vida secreta y peligrosa.

Hasta aquí podemos pensar que la distinción entre uno y otro sexo es notable desde el nacimiento, sin embargo es hasta la fase genital donde niños y niñas se diferencian; para el hombre no hay más que una etapa genital, mientras para la mujer hay una clitoriana y otra vaginal (que define su madurez).

Cada periodo de la existencia femenina es estacionario y monótono pero el tránsito de un estadio a otro es de una peligrosa brutalidad, cada uno de estos tránsitos se revela por una crisis mucho más decisiva que en el varón, en la pubertad por ejemplo, se transforma el cuerpo de la jovencita, es más frágil que antes, los órganos femeninos son vulnerables y su funcionamiento es delicado; para el hombre el paso de la sexualidad infantil a la madurez es relativamente más simple.

El hombre maduro considera su sexo como un símbolo de trascendencia y de poder, la erección es su expresión; Beauvoir (1949) explica que el hombre se tiende con todo su cuerpo hacia su pareja, pero permanece en el centro de esa actividad, como en general el sujeto frente a los objetos que percibe y los instrumentos que manipula, se proyecta hacia lo otro sin perder su autonomía; la carne femenina es para él una presa y toma de ella las cualidades que su sensualidad reclama de todo objeto.

Se puede apreciar entonces, cómo la historia de la mujer por el hecho de que ésta aún se halla encerrada en sus funciones de hembra, depende mucho más que la del hombre de su destino fisiológico y la curva de ese destino es mas accidentada, mas discontinua que la curva masculina. Beauvoir (1949) plantea que la mujer posee un cuerpo histérico, a causa de la íntima vinculación de las secreciones endocrinas con los sistemas nervioso y simpático que controlan los músculos y vísceras. Es histérico, en el sentido de que a menudo no hay en ella ninguna distancia entre los hechos conscientes y su expresión orgánica, es un cuerpo que manifiesta reacciones que la mujer rehúsa asumir: en los sollozos, las convulsiones y los vómitos se le escapa, la traiciona.

El cuerpo de la mujer también es tabú gracias a la concepción del cristianismo, en la cual el cuerpo femenino es temible en tanto encarna la sexualidad, es sinónimo de pecado, seducción, desobediencia. También denominado por Páez Casadiegos (2003) como un cuerpo – cárcel, una carne sucia, despreciable, debido a una ilusión diabólica que encierra al espíritu y lo condena a los apetitos de la carne.

La creencia judío – cristiana, por su parte, ha destinado a la mujer a la castidad, se le reconoce abiertamente el derecho del hombre a satisfacer sus deseos sexuales, en tanto que la mujer está confinada en el matrimonio, para ella, el acto carnal, si no está santificado por el código, por el sacramento, es una falta, una caída, una derrota.

Por las diferentes concepciones y significados del cuerpo femenino, de la muchacha se exige que permanezca en casa, se vigilan sus salidas, no se estimula en modo alguno para que tome en sus manos sus propias distracciones y placeres, en cuanto menos ejerza su libertad para comprender, captar y descubrir el mundo que le rodea, menos recursos hallará en sí misma, menos se atreverá a afirmarse como sujeto y en consecuencia su amor sexual se verá acompañado por el deseo de ser dominada.

La mujer se encuentra marcada y condicionada por su formación, su cultura y las reacciones de su propio cuerpo que le es tan extraño, los comienzos eróticos en ella no son fáciles, una educación severa, el temor al pecado, el sentimiento de culpabilidad con respecto a la madre crean poderosas barreras que pueden repercutir a lo largo de toda su existencia.

En consecuencia aprende que para ser dichosa hay que ser amada y para ser amada hay que esperar el amor de un hombre, por lo tanto lo espera, lo idealiza, lo ve como un ser superior, un dios, un príncipe azul y no separa el deseo sexual del plano romántico.

Por su parte el hombre teme ese destino contingente de la mujer, la sueña inmutable, necesaria, por lo que él busca en el rostro femenino, en sus piernas, en su busto, la exactitud de una idea. Schopenhauer afirma que el amor por su esencia y por primer impulso se mueve hacia la salud, la fuerza y la belleza, hacia la juventud que es la expresión de ellas, porque la voluntad desea, ante todo, crear seres capaces de vivir con el carácter integro de la especie humana. Luego aparecen otras exigencias más especiales, que agrandan y fortalecen la pasión. No hay amor patente sino en la conformidad perfecta de dos seres, y como no hay dos seres semejantes en absoluto, cada hombre debe buscar en cierta mujer las cualidades que mejor corresponden a sus cualidades propias.

Así pues, según Schopenhauer, no hay hombre que en primer término no desee con ardor y no prefiera las más hermosas criaturas, buscará sobretodo, las cualidades que le faltan, o a veces las imperfecciones opuestas a las suyas propias, que le parecerán bellezas. Por este motivo cuanto más concertados parecen los rasgos y las proporciones de la mujer, más se regocija el corazón del hombre, de forma diferente, para ella el compañero no necesita ser apuesto, ella busca en él la potencia y la fuerza viril.

Podemos notar entonces que el hombre no espera de la posesión de la mujer otra cosa que no sea la satisfacción de un instinto; ese instinto llamado amor, según Schopenhauer, es la voluntad de vivir de un nuevo individuo que la naturaleza desea engendrar en el cuerpo de la mujer, por eso, la mujer se percibe como poseída, enajenada por potencias extrañas, se siente explotada como lo es la naturaleza, aparece como la más frágil, la que más dramáticamente vive su destino procreador.

Por su abnegación, entrega total y pasividad la mujer se presenta como un ser al cual es preciso raptar, violentar, ella es el objeto privilegiado a través del cual el hombre somete a la naturaleza.

En el acto amoroso es donde las diferencias son aún más notables, a pesar de fundirse el uno al otro, el placer que experimentan no es el mismo; la mujer es penetrada y fecundada por la vagina en cuyo interior los nervios están localizados en una zona situada en la pared interna próxima a la base del clítoris, por lo tanto solo se convierte en centro erótico por la intervención del hombre.

El hombre solo compromete en el coito un órgano exterior, la mujer por el contrario es alcanzada en el interior de sí misma, Beauvoir (1949) afirma que ella es vampiro, devoradora, bebedora, su sexo se nutre glotonamente del sexo masculino; para él, el coito tiene un fin biológico preciso: la eyaculación, su placer asciende como flecha, cuando llega a cierto umbral se realiza y muere; en la mujer la reacción vaginal es muy compleja, el coito nunca termina del todo puesto que no comporta ningún fin y es de naturaleza más psíquica que fisiológica. (Depende la situación vivida).

Normalmente la mujer puede ser tomada por el hombre, pero éste no pude tomarla sino en estado de erección. Así también, la fecundación puede efectuarse sin que la mujer experimente el menor placer y está muy lejos de representar para ella la realización del proceso sexual. En ese momento es cuando por el contrario empieza el servicio que la especie le reclama, servicio que se realiza lentamente penosamente en el embarazo, el parto y el amamantamiento, convirtiéndose en pasivo instrumento de la naturaleza.

Entonces el cuerpo de la mujer representa un capital que está autorizada a explotar, la sociedad misma y el ejemplo de su madre le exigen que se haga objeto erótico, por lo tanto el acto amoroso por parte de ella es un servicio que presta al hombre, en consecuencia ella se capta como objeto y no halla en el placer una segura autonomía.

No obstante, si el amante carece de seducción, si es frío, negligente o torpe, fracasa en despertar su sexualidad o la deja insatisfecha, él es quien decide la duración del coito, su finalización y su frecuencia, por lo cual el destino erótico de la mujer depende esencialmente de la personalidad de su compañero, hasta el punto de que muchos hombres no se preocupan de saber si la mujer que comparte su lecho desea el coito o se somete simplemente al mismo.

Como resultado de lo anterior, el rencor es la fuente más habitual de la frigidez femenina, Beauvoir (1949) manifiesta que en la cama, la mujer le hace pagar al hombre con su insultante frialdad todas las afrentas que estima haber sufrido; así es como se venga de él y de ella misma a la vez.

Durante el acto amoroso, abrazar, morder, pellizcar o arañar, son actitudes que expresan un deseo de fusionar no de destruir y el sujeto que las sufre tampoco busca renegarse ni humillarse sino unirse, por ese motivo el momento de la separación de los cuerpos le resulta tan penoso a la mujer, se encuentra de nuevo arrojada en la tierra, sobre una cama, bajo la luz, vuelve a tomar un nombre, un rostro. Beauvoir (1949) explica que la mujer quisiera prolongar el contacto carnal hasta que el hechizo que la hizo carne se disipase por completo; la separación para ella es un desgarramiento doloroso como un nuevo destete y siente rencor del amante que se separa de ella con excesiva brusquedad.

Sin embargo, no cabe duda que la mujer es un existente a quien se le pide que se haga objeto, en tanto que sujeto. Cuando ésta que no quiere ser vasalla del hombre está muy lejos de huirle siempre, ella posee una sensualidad agresiva que en ocasiones no se sacia sobre el cuerpo masculino y de ahí nacen los conflictos que su erotismo debe superar.

Por consiguiente, la homosexualidad en la mujer es una tentativa entre otras, para conciliar su autonomía con la pasividad de su carne, Beauvoir (1949) distingue dos tipos de lesbianas: las masculinas que quieren imitar al hombre y las femeninas que tienen miedo del hombre. A menudo la lesbiana tratara de compensar su inferioridad viril mediante la arrogancia y un exhibicionismo que en realidad manifiesta un desequilibrio interior.

Conforme pasan los años, el varón va envejeciendo paulatinamente, pero la mujer se ve bruscamente despojada de su feminidad, todavía es joven cuando pierde el atractivo erótico y la fecundidad de donde extraía la justificación de su existencia y sus oportunidades de felicidad. Le resta por vivir privada de todo porvenir, la mitad aproximada de su vida adulta.

En definitiva, el hombre ama a la mujer en tanto que es suya, la teme en tanto que permanece otra, pero precisamente siendo esa otra temible es como él busca hacerla más suya, eso será lo que lo lleve a elevarla a la dignidad de ser humano.

Para concluir Beauvoir (1949) dice: “La mujer araña o muerde, su cuerpo se arquea y esos fenómenos los produce cuando ha alcanzado cierto paroxismo y ese paroxismo lo alcanza en ausencia de todo prejuicio y concentrada en su energía sexual viva”; y es que en ella hay un conflicto entre su existencia autónoma y su ser – otro.

Por lo cual, Beauvoir (1949) en su obra El Segundo Sexo, concluye: “El privilegio que el hombre ostenta y que se hace sentir desde su infancia consiste en que su vocación de ser humano no contraria su destino de varón; por la asimilación del falo y de la trascendencia sucede que sus triunfos sociales o espirituales le dotan de un prestigio viril, el no está dividido. En cambio a la mujer, para que realice su feminidad, se le exige que se haga objeto y presa, es decir, que renuncie a sus reivindicaciones de sujeto soberano”. A pesar de ello, las diferencias que con demasiada frecuencia aíslan a hombres y mujeres, se convierten cuando se unen en fuente de su maravilla y en ardor viril.

BIBLIOGRAFIA

BEAUVOIR, Simone. El Segundo Sexo Tomo I y II. Paris 1949

PAEZ CASADIEGOS, Yidy. Hermenéutica de la Corporalidad. Barranquilla 2003

SCHOPENHAUER, Arthur. El Amor, Las Mujeres y La Muerte

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